Negocios que respiran

#4 - Cuando tu negocio decide cuánto vales

Yvonne López Balmaña

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Agotamiento, exigencia, límites y negocio: por qué muchas mujeres empresarias sienten que nunca es suficiente, aunque los números acompañen.

Porque "nunca es suficiente" no es un rasgo de carácter. Es algo que aprendiste. Y lo aprendiste tan pronto que dejó de parecer una creencia y empezó a parecer la realidad. En este episodio hablo de cómo esa frase se instala en el negocio. Y del precio que pagas sin darte cuenta.

Si en estos momentos te agobia la incertidumbre con tu negocio o la toma de decisiones difíciles, esta herramienta de negocio está pensada para ti: Paseos de poder

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Tu cuenta de resultados no empieza en un Excel, empieza mucho antes. Empieza en la forma en que reaccionas cuando un número baja. En lo que te dices cuando alguien critica. En cómo te tratas cuando no llegas. Porque si tu negocio es el lugar donde decides cuánto vales, cada número tendrá demasiado poder sobre ti.

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Chau.

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Bienvenida a Negocios que Respiran. Soy Ivonne López Balmaña. Este podcast es para ti que terminas el día con 40 correos respondidos, la lista de pendientes tachada y una sensación rara. ¿Estás agotada? ¿Pero no sabes si has avanzado? ¿Tu cuerpo te pide parar? ¿Tu mente te exige más y tu negocio te consume? En este podcast vamos a invertir las reglas porque el orden importa. Primero el cuerpo, luego la claridad y solo después la estrategia. Ahí es donde cambia la cuenta de resultados de tu negocio. Respira. empezamos cuando tienes un negocio pasa una cosa muy curiosa siempre hay algo más que hacer siempre hay algo que mejorar una cifra que no has alcanzado y de repente a las 7 de la tarde te has dicho mando este último mail y me voy y cuando vuelves a mirar el reloj son las 8 te has enzarzado con otra cosa y el supermercado ya ha cerrado este es el día a día de muchas mujeres porque parece que tener un negocio y la expresión nunca es suficiente o tengan que ir de la mano. Y sí, claramente, cuando compras la idea de nunca suficiente, ¿qué pasa? Pues que nunca va a ser suficiente. Esto es como los niños pequeños, ellos nunca se cansan y siempre piden más. Juega más rato conmigo, dame más chocolate y al igual que al niño le pones límites, con tu negocio pasa lo mismo. Si no le pones límites, él solo no se los va a poner. Y un negocio sin límites siempre te pedirá más. Más horas, más energía, más disponibilidad, hasta que un día te das cuenta de que el negocio funciona, o más o menos funciona, pero quizá no tanto. Y no sabes cómo salir de esa madeja de lana enmarañada que además encima la has enredado tú. El nunca es suficiente ha sido un estigma que he arrastrado toda la vida. Fui una estudiante normal, con notas normales, pero en casa... nunca era suficiente si sacaba un 8 la respuesta era a ver si la próxima es un 10 y con los pocos dieces que conseguí sacar la respuesta era pues que se repita más a menudo y cuando eres pequeña buscas tu validación y tu reconocimiento a través de estos gestos y así fue como aprendí que el 8 no valía que el esfuerzo siempre era poco y que siempre había un siguiente nivel que alcanzar. Y esta creencia no se quedó en el colegio, se instaló en mi ADN tan adentro que dejó de parecer una creencia y empezó a parecer la realidad. Simplemente yo era así, lo acepté, simplemente funcionaba así. No me lo cuestionaba, estaba bien, porque yo soy ambiciosa, por lo que al montar mi primera empresa hice mucho más que eso. Construí también el sistema perfecto para seguir demostrándome que nunca es suficiente. Cada objetivo conseguido se convirtió en el punto de partida del siguiente. Cada logro en evidencia clara de lo que faltaba. Y cada buen mes en presión para que el siguiente fuera mejor. Y no solo me ha pasado a mí. Sin darnos cuenta, de adultas seguimos buscando exactamente lo mismo. La nota, el aprobado, el reconocimiento. Solo que ahora lo llamas... Facturación. Cuando estás en el nunca suficiente, el negocio pasa de ser algo que hago a algo que me dice quién soy. Si el negocio crece, valgo. Si se estanca, estoy fallando. Si alguien critica, me están criticando a mí. Y ojo con esta, si descanso, soy irresponsable, me estoy relajando. Y ahí es donde aparece todo el lío. Cuando utilizas tu negocio como un espejo para ponerte en valor. Es como la reina malvada de la madrastra de Blancanieves cuando le pregunta al espejo, espejo, espejo mágico, ¿quién es la más bella del reino? Y un día el espejo le responde que es Blancanieves y ella entra en cólera. La madrastra no quería verse en el espejo. Quería que le confirmara que seguía siendo la mejor. Y el día que el espejo dejó de decirle lo que ella necesitaba oír, se desestabilizó. Cuando recurres a tu negocio como tu espejo, pasa lo mismo. Si la facturación sube, te sientes válida. Si baja, dudas de ti. Si alguien critica, lo vives como un juicio personal. Y tu cuerpo... reacciona como si estuviera sin peligro, te tensas, te estresas, te justificas, te exiges de más, porque sientes que estás en el punto de mira y que tu identidad, quién eres, es eso lo que está en juego. Cuando utilizas tu negocio como el espejo para ponerte en valor, te pasa lo mismo que a la madrastra de Blancanieves. No estás mirando tu reflejo, estás en un juicio esperando el veredicto del jurado. Y el día que el número de tu facturación o de ventas o de clientes no confirma lo que necesitas oír, tu seguridad se tambalea. Y no es porque el negocio esté en peligro, sino porque has puesto tu identidad dentro de él. Desde ahí, trabajas más horas, subes la exigencia, te cuesta delegar, descansar te hace sentir culpable. ¿Por qué sucede esto? Porque no estás gestionando un negocio, estás protegiendo tu valor. Y mientras estés protegiendo tu valor, cualquier bajada de facturación o de ventas la sentirás como un ataque personal. El tema es que te estás viendo como un thief o como el tax ID de tu negocio. El thief no se cansa, un thief no necesita vacaciones, no tiene un día difícil porque acaba de salir de la consulta del médico, no llora, ni siquiera duda. Y te estás exigiendo funcionar como él, como un CIF. Esta lectura lo cambia todo, ¿verdad? Y la pregunta ahora es, ¿cómo separo mi versión CIF de mi identidad, de mi valor? Para separarlo, lo primero que debes entender es que de forma natural establecemos una relación con nuestros negocios. La cuestión es que esta relación debe ser sana. Y para que sea sana, mientras tu cuerpo siga en modo examen constante, va a ser muy difícil cambiarla. Por no decirte que no vas a poder cambiarla. Hay que empezar primero regulando, porque cuando has aprendido que nunca es suficiente, tu cuerpo aprende vivir en alerta y se siente cómodo ahí y desde la alerta todo parece urgente. La tensión ni la notas porque la has integrado como algo normal en tu vida. Te cuesta cerrar el portátil, procrastinas las decisiones importantes o las tomas de forma impulsiva. Dices, acaban 10 minutos y sigues una hora más. Y esto tiene una explicación fisiológica. Cuando llevas tiempo funcionando en alerta, tu sistema nervioso aprende a quedarse ahí. Incluso llega a estar cómodo porque es lo que conoce. Como consecuencia, el nervio vago, que es el que activa el estado de calma y seguridad, deja de responder con facilidad porque lleva demasiado tiempo sin ejercitarse. Y sin ese estado de calma es imposible que haya claridad. No hay criterio. Las decisiones se toman desde la urgencia o desde el miedo, pero no desde la dirección. Por eso no es suficiente con entenderlo desde la cabeza. Tienes que trabajarlo desde el cuerpo. La cuestión es que no puedes poner límites sanos desde tu cabeza si tu cuerpo interpreta el límite como amenaza. Y dependiendo de cómo se activa esta amenaza en ti, la relación con tu negocio adopta distintas formas. Recuerda, el orden siempre es este, primero cuerpo, luego claridad y solo después estrategia. Hay mujeres que cuando sienten amenaza se vuelven complacientes, les cuesta decir que no, quieren agradar a todo el mundo. evitan las conversaciones incómodas, responden los WhatsApp al momento para no sentir que están fallando. Son las que dicen, claro, sin problema, cuando por dentro están pensando, no tengo tiempo para esto, pero venga, va. Las que alargan el horario porque una clienta llegó tarde y no se atreven a cobrarle un extra. Las que rehacen un trabajo tres veces porque el cliente no está del todo satisfecho, aunque el trabajo estaba bien desde la primera vez, porque se sienten en la obligación. ¿Es algo que les exige el negocio? En absoluto. Actúan así porque su cuerpo interpreta el conflicto y los problemas como peligroso. peligro. Hay otras que cuando se sienten en amenaza se vuelven exigentes, como si tuvieran un jefe interno. Se aprietan más, se comparan más, se levantan antes, se acuestan más tarde. Son las que ven a otra empresaria lanzar algo nuevo y sienten que se están quedando atrás. Las que están en vacaciones y revisan el correo solo por si acaso. Las que cuando algo sale bien enseguida piensan en lo siguiente. sin permitirse ni un momento de celebración. Y aunque nadie les está exigiendo nada, ellas sienten que están en examen permanente. Y luego están las que se han desconectado. Cumplen, facturan, funcionan, pero la ilusión ya no está. Ya no sienten nada. Ni orgullo, ni disfrute, ni siquiera ambición. solo inercia, un día tras otro tras otro y van pasando las semanas son las que un lunes por la mañana se sientan delante del ordenador y piensan otro día más sin que eso les duela especialmente pero ojo porque tampoco les emociona simplemente han normalizado esta sensación de desasosiego y están cómodas en ella y si te fijas todas tienen algo en común sacrifican su vida personal en nombre de lo correcto porque el sufrimiento se vuelve señal de compromiso. Pero como consecuencia se pierde algo muy importante, el criterio, porque ya no decides desde la claridad, decides desde el miedo a perder o desde la fe ciega y ninguna de las dos te da dirección para tomar decisiones que hacen crecer un negocio a medio largo plazo. Mientras tanto, la vida queda en pausa, las cenas se acortan, las vacaciones se trabajan y las conversaciones importantes se postergan. ¿Por qué este tipo de relaciones con los negocios enganchan? Porque da recompensas rápidas. Si trabajas más, sientes que tienes el control. Si produces más, sientes que tu valor es mayor. Todas en algún punto hemos estado ancladas ahí. Pero el problema, una vez más, es el precio que pagas. Pierdes presencia, pierdes disfrute, pierdes vida. Y muchas veces ni lo ves, no eres consciente porque estás dentro, porque llevas tanto tiempo así que esto es simplemente tu normalidad y el negocio Funcione o no funcione, se vuelve una máquina que se alimenta de ti, literalmente te devora. Y lo hace porque le has dado exactamente lo que necesita. Una empresaria que confunde producir con valer. Por eso tu sistema nervioso dicta tu cuenta de resultados. Si eres complaciente estás regalando tu tiempo y margen de beneficio sin darte cuenta. Ofreces descuentos que nadie te ha pedido para evitar incomodidad. No facturas horas extra porque tampoco es para tanto. Amplías servicios sin cobrarlos porque no quieres que la clienta se vaya insatisfecha. Tu negocio se va empequeñeciendo y no lo es porque lo llamas dar un buen servicio. no lo confundas con generosidad. Es el miedo al conflicto disfrazado de amabilidad. Si eres exigente, quemas recursos antes de tiempo. Lanzas cuando todavía no estás lista porque sientes que si no lo haces ya alguien se te adelanta. Rehaces lo que ya estaba bien porque nunca te parece suficiente. Inviertes en otra formación para tapar la inseguridad, no para crecer de verdad. Tu negocio avanza pero siempre vas un paso por detrás de ti misma persiguiendo una versión de ser suficiente que nunca llega y si estás desconectada has dejado de ver las oportunidades que tienes delante no innovas porque innovar requiere ilusión no arriesgas porque arriesgar requiere energía Mantienes lo que hay, porque cambiar es demasiado para ti. Tu negocio no cierra, pero tampoco crece, sobrevive. Y también. Quiero darte algo concreto para empezar a cambiar esto. Es un gesto pequeño que si lo haces todos los días, le empieza a enseñar algo nuevo a tu cuerpo. Se llama... La separación. Elige la hora en la que vas a acabar tu jornada laboral, la que sea, pero que sea tuya y respétala todos los días. Cuando llegues a esa hora, antes de levantarte de donde has estado trabajando, haz tres cosas. Primero, cierra el portátil con intención. No de cualquier manera. Ciérralo sabiendo lo que estás haciendo. Mándale la información a tu cuerpo y a tu cerebro. Segundo, di en voz alta. Por hoy, basta. No en tu cabeza. En voz alta, porque tu cuerpo necesita escucharlo, no solo pensarlo. Y tercero, haz tres respiraciones conscientes antes de levantarte. Solo tres. Y en esas tres respiraciones, recuérdate que el CIF se queda ahí, dentro del portátil cerrado. Y te levantas siendo tú, no el negocio. Tú. Treinta segundos. todos los días, a la misma hora? ¿Estás recordándole a tu cuerpo que tu valor no vive dentro del portátil? Si este tipo de conversaciones te sirven, suscríbete, porque un negocio que respira comienza por una dueña que se permite inhalar. Y para cerrar, como en cada episodio, voy a dejarte una pregunta de journaling para que la respondas sin pensar y sin filtros en tu cuaderno. ¿Cuánto tu facturación baja? ¿Qué historia te cuentas sobre ti?